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lunes, 21 de mayo de 2012

El viaje



Elena está mirando el mar turquesa y cristalino a través del ojo de la ventana, cuando por el altavoz suena el último aviso para desembarcar. Revisa la maleta, no falta nada. Ya ha metido el ordenador, la ropa, la cámara de las fotos, los recuerdos... ¿El móvil? En la mano, menos mal. Está esperando una llamada muy especial.

Sale al pasillo donde se reencuentra con otros pasajeros. Canturrea la música suave de fondo que envuelve y aligera la espera. El sol reverbera sobre el suelo blanco y azul marino. A su izquierda unos niños corretean y juegan a esconderse entre las hamacas y tumbonas de la cubierta; otro grupo, está intercambiando sus teléfonos y correos; a la derecha, una familia repasa una vez más todo lo que quieren hacer antes de bajar a puerto.

Decide dar un paseo para que la espera se haga más corta; mientras, se cruza con parejas de enamorados, ancianos, personas cuya edad y apariencia son indefinidas; otros parecen tan despistados como ella, van buscando la puerta que les deje en tierra firme. Sigue cantando.

Por fin suena la melodía de su móvil. Acaba de recibir un mensaje. "Estamos todos. Te esperamos con alegría. Nos vemos enseguida. Besos". Se acerca a la pasarela de salida. Desde allí puede ver a parte de su familia, han venido a recibirle sus padres y sus abuelos. El corazón le palpita, está contenta, feliz por un reencuentro anhelado; y sonriendo les devuelve el saludo.

Comienza el viaje a su nueva vida, dejando atrás el pasado que ya no importa. Y fiel a la tradición, abandona a Caronte, tras haberle pagado el óbolo exigido por la travesía.


La imagen está tomada de internet y desconozco quién es su autor.

lunes, 30 de abril de 2012

Los cuentos ya no son lo que eran, Cenicienta




Men del blog, A mi manera amanece, es un referente en crear nuevas versiones de cuentos tradicionales. Ha versionado ya varios y siguiendo su iniciativa, he decidido unirme a su idea. Esta vez, el cuento elegido es el de Cenicienta, dentro de la sección " ... los cuentos ya no son lo que eran".

Toda una vida dedicada a los demás, planchando, cosiendo, reparando lo que estaba estropeado o roto, llevando la administración de la casa, le había enseñado a ser una mujer todoterreno. No le asustaban las dificultades, tampoco le gustaban pero tenía claro que no debía huir de ellas.

Decidió ser independiente, valerse por si misma. Los demás, personas cercanas y familia, acaparadores y egoístas, le decían que no podría, que sus sueños, solamente eran fantasía y pura imaginación. El chantaje emocional, no ocasionó ninguna herida, tampoco rencor. Le concedió la importancia que tenía, ninguna.

Le temblaban las piernas, tenía taquicardia y le faltaba el aire para respirar, pero por fin podía ver cumplido uno de sus sueños. Acababa de inaugurar su tienda de ropa, diseñada y confeccionada por ella misma. Un día, recibió la llamada de una prestigiosa revista de moda, solicitando una entrevista. Querían que ocupara la portada, que contara cómo había conseguido convertir su nombre en una marca de renombre, de diseños originales, únicos, realizados con telas recicladas, ecológicas, llenas de retales y zurcidos. Todo un éxito.

Cenicienta, contempló la portada de la revista. En su cara había una sonrisa relajada y tranquila, dirigiéndose a una foto familiar, habló con el corazón y exclamó, "gracias por ayudarme a ser quién soy; sin vosotros, no lo hubiera conseguido jamás. Gracias por ayudarme a ser yo misma". Elevó la copa que tenía en la mano y brindó con ellos.


La imagen está tomada del blog de Men y desconozco quien es su autor.

miércoles, 18 de abril de 2012

Lucha en el campo de batalla



Era una lucha a cuartel. Johannes no veía nada más que a su contrincante, otro caballero con la espada en mano, la armadura llena de barro y con manchas de sangre. No recordaba nada, estaba cansado de luchar. La muerte carecía de valor. Su mente no razonaba, actuaba de manera automática, lances, avances, retiradas y ataques directos al frente. Era un duelo cuerpo a cuerpo. 

No se planteaba ser el perdedor. Espada en alto, lanzaba el ataque contra su contrincante, igualmente agotado, con ganas de vivir y regresar a casa. El choque de las espadas rasgaba el aire con un chirrido metálico. Era todo o nada. Daba igual el nombre de su contrario, conocía de memoria su historia y el motivo de su combate. Sería la misma que la suya, pero ¿cuál era? Su mente había dejado de pensar. Sólo podía luchar, no quedaba otra alternativa.

Apenas quedaba vida en sus ojos; era un autómata agarrotado, extenuado. Las marcas de la guerra se dejaban notar claramente en su cuerpo, en su mirada. Johannes suspiró, cogió aire; se escuchó un grito hondo, profundo y aterrador mientras lanzaba el último ataque contra su rival. La falta de fuerzas le llevó a caer de rodillas. Hundido en el barro intentó recuperar la espada que aún seguía en el cuerpo inerte del enemigo. 

¿Enemigo? Allí no había nadie, no quedaba rastro de ningún cuerpo. Miró a su alrededor. Vacío absoluto, tierra yerma, asolada ¿Contra quién había luchado? Ya no sentía dolor, sólo liberación. Observó su cuerpo tendido en el suelo y entonces vio que sus soldados lloraban su muerte compungidos.


La imagen está sacada de internet y desconozco quién es su autor.

lunes, 9 de abril de 2012

Más sana que una manzana



No era un encuentro cualquiera. No sentía la respiración, mejor dicho, la alta velocidad a la que palpitaba el corazón, le dejaba sin fuerzas para nada. Los nervios a flor de piel, una sonrisa permanente en la cara, que hacía recordar al trabajo de un tatuador borracho de alegría en un día bueno; las manos retorcían sin cesar lo que quedaba de lo que hacía dos horas había sido una nota de papel. 

La mirada estaba fija en el móvil, hubiera jurado que había sonado veinte veces, pero claro, debía ser sólo en su mente, porque en la pantalla sólo figuraba la foto que se había hecho delante de la palmera enorme que había visto en sus últimas vacaciones. Por qué no llamaba Juan y le salvaba de vivir esa situación

Sí, sin duda, debía de estar delirando. El corazón había sustituido al reloj, con sus latidos se podían poner en hora todos los relojes del mundo. Estaba claro, deliraba y sabía que no era la fiebre. No estaba enferma, siempre había presumido de estar más sana que una manzana. No, los nervios volvían a jugar con ella. No podía concentrarse. Debía estar atenta, se acercaba su turno.

Por fin, llegó el momento esperado. Lo primero que vio fue la bata verde y la mascarilla azul. Escuchó una voz lejana que le decía, después de ver las radiografías de las muelas, sólo hay que desvitalizar una y extraer otra. Para cuando el dentista terminó de hablar, Adela se había quedado dormida de puro agotamiento, o tal vez del miedo que había pasado.


La foto está sacada de internet y desconozco quién es su autor.