Elena está mirando el mar turquesa y cristalino a través del ojo de la ventana, cuando por el altavoz suena el último aviso para desembarcar. Revisa la maleta, no falta nada. Ya ha metido el ordenador, la ropa, la cámara de las fotos, los recuerdos... ¿El móvil? En la mano, menos mal. Está esperando una llamada muy especial.
Sale al pasillo donde se reencuentra con otros pasajeros. Canturrea la música suave de fondo que envuelve y aligera la espera. El sol reverbera sobre el suelo blanco y azul marino. A su izquierda unos niños corretean y juegan a esconderse entre las hamacas y tumbonas de la cubierta; otro grupo, está intercambiando sus teléfonos y correos; a la derecha, una familia repasa una vez más todo lo que quieren hacer antes de bajar a puerto.
Decide dar un paseo para que la espera se haga más corta; mientras, se cruza con parejas de enamorados, ancianos, personas cuya edad y apariencia son indefinidas; otros parecen tan despistados como ella, van buscando la puerta que les deje en tierra firme. Sigue cantando.
Por fin suena la melodía de su móvil. Acaba de recibir un mensaje. "Estamos todos. Te esperamos con alegría. Nos vemos enseguida. Besos". Se acerca a la pasarela de salida. Desde allí puede ver a parte de su familia, han venido a recibirle sus padres y sus abuelos. El corazón le palpita, está contenta, feliz por un reencuentro anhelado; y sonriendo les devuelve el saludo.
Comienza el viaje a su nueva vida, dejando atrás el pasado que ya no importa. Y fiel a la tradición, abandona a Caronte, tras haberle pagado el óbolo exigido por la travesía.
La imagen está tomada de internet y desconozco quién es su autor.
